"Se murió Peña."
Fueron las tres palabras lapidarias, redondas, contundentes, con las cuales me enteré de que se había muerto Peña. Mi vieja me llamó y me dijo "Se murió Peña". Fue un golpe en seco, inesperado. Como cuando salís una noche sin esperar nada y acabás curtiéndote a alguien. Como cuando a alguien le da un jamacuco en un restaurant. Así, sin anestesia, sin ambages, un golpe que no te da tiempo a reaccionar y te da de lleno en la jeta.
Acababa de llegar a casa después de laburar, cansado, como siempre, dispuesto a hacer mil cosas que tengo pendientes, como siempre, aprestándome a yacer en el sofá y sedarme a base de un cocktail de programas idiotizantes y House -la tele española me prodiga esos contrastes-, también como siempre.
Mi primera reacción fue decirle "No me jodas... qué pena más grande...". Me salió del alma, aunque procuré encajarlo como un hombrecito. Porque mi vieja no me decía que Peña se había muerto únicamente para informármelo, no. Me llamaba también para compartir conmigo su propia pena.
Y me llamaba a mí porque YO había sido quien le había presentado a ese monstruito, a esa bestia sobrehumana, genial y furibunda. YO la había introducido en ese submundo de fantasía, terror y comedia descarnizada. YO era quien la empujaba a ir a verlo al teatro cuando andaba por Buenos Aires y estaba en cartel. YO era el culpable.
En nuestras conversaciones, Peña era una referencia habitual, como una nota al pie de página, una disgresión, una intertextualidad. Cuando hablábamos del hermano gay de la vecina modelo-gato que vive en el primer piso de su edificio, salía la referencia a Roberto Flores; cuando soltaba una viejada, de esas tan poco habituales en ella, salía de mí a reprocharla Sabino; y así sucesivamente.
Por eso, lo que sentíamos era que no solo se moría uno de los artistas más grandes que teníamos. Para nosotros, también se había muerto una parte de nuestra relación como madre e hijo. Era por eso que me llamaba para comentármelo. Era como si me dijera "se murió tu gata" o "vendí la casa de San Martín". Una parte de nosotros se esfumaba para siempre, eso sí, una parte que nunca pudimos tocar, ni poseer en un sentido material, sino algo que era de los dos pero de ninguno, algo que no existía de verdad, pero sí.
Se murió un genio, un agent provocateur, modelo, anti-modelo, héroe, villano, alguien que, de conocerme, posiblemente me habría despreciado y a quien, de haberlo conocido, posiblemente me habría dejado mudito, intimidado, paralizado. Lo único que nos queda de él ahora es un enorme archivo y un recuerdo. Nos hizo la última trastada, se murió. Shall be missed.
*Nota: me niego rotundamente a ilustrar esta nota con la típica foto de Peña señalando hacia arriba con una mano y hacia abajo con la otra, ya recontravisto en mil websites.
Fueron las tres palabras lapidarias, redondas, contundentes, con las cuales me enteré de que se había muerto Peña. Mi vieja me llamó y me dijo "Se murió Peña". Fue un golpe en seco, inesperado. Como cuando salís una noche sin esperar nada y acabás curtiéndote a alguien. Como cuando a alguien le da un jamacuco en un restaurant. Así, sin anestesia, sin ambages, un golpe que no te da tiempo a reaccionar y te da de lleno en la jeta.
Acababa de llegar a casa después de laburar, cansado, como siempre, dispuesto a hacer mil cosas que tengo pendientes, como siempre, aprestándome a yacer en el sofá y sedarme a base de un cocktail de programas idiotizantes y House -la tele española me prodiga esos contrastes-, también como siempre.
Mi primera reacción fue decirle "No me jodas... qué pena más grande...". Me salió del alma, aunque procuré encajarlo como un hombrecito. Porque mi vieja no me decía que Peña se había muerto únicamente para informármelo, no. Me llamaba también para compartir conmigo su propia pena.
Y me llamaba a mí porque YO había sido quien le había presentado a ese monstruito, a esa bestia sobrehumana, genial y furibunda. YO la había introducido en ese submundo de fantasía, terror y comedia descarnizada. YO era quien la empujaba a ir a verlo al teatro cuando andaba por Buenos Aires y estaba en cartel. YO era el culpable.
En nuestras conversaciones, Peña era una referencia habitual, como una nota al pie de página, una disgresión, una intertextualidad. Cuando hablábamos del hermano gay de la vecina modelo-gato que vive en el primer piso de su edificio, salía la referencia a Roberto Flores; cuando soltaba una viejada, de esas tan poco habituales en ella, salía de mí a reprocharla Sabino; y así sucesivamente.
Por eso, lo que sentíamos era que no solo se moría uno de los artistas más grandes que teníamos. Para nosotros, también se había muerto una parte de nuestra relación como madre e hijo. Era por eso que me llamaba para comentármelo. Era como si me dijera "se murió tu gata" o "vendí la casa de San Martín". Una parte de nosotros se esfumaba para siempre, eso sí, una parte que nunca pudimos tocar, ni poseer en un sentido material, sino algo que era de los dos pero de ninguno, algo que no existía de verdad, pero sí.
Se murió un genio, un agent provocateur, modelo, anti-modelo, héroe, villano, alguien que, de conocerme, posiblemente me habría despreciado y a quien, de haberlo conocido, posiblemente me habría dejado mudito, intimidado, paralizado. Lo único que nos queda de él ahora es un enorme archivo y un recuerdo. Nos hizo la última trastada, se murió. Shall be missed.
*Nota: me niego rotundamente a ilustrar esta nota con la típica foto de Peña señalando hacia arriba con una mano y hacia abajo con la otra, ya recontravisto en mil websites.
No hay comentarios:
Publicar un comentario